Como los buenos vinos, hay jugadores que mejoran con el paso del tiempo. Nico Laprovittola es uno de ellos. Los años se acumulan en su DNI, pero no semejan pesar en sus piernas ni muchísimo menos en sus manos.
El argentino, que cumplirá 37 años el próximo 31 de enero, prosigue destilando talento por los cuatro costados y ha comenzado el curso como un jugador de otra temporada. Un verdugo frecuente del Baskonia que, a estas alturas de su carrera , atraviesa además un momento especialmente dulce.
Ya lo verificó el conjunto azulgrana en la semifinal de la Supercopa Endesa disputada en Badalona. Laprovittola se ocupó de aniquilar las esperanzas baskonistas en los 26:58 minutos que permaneció sobre la pista.
Firmó un \'doble-doble\' de 27 puntos y diez asistencias, con 3/7 en tiros de 2 (42,8%) y 5/10 desde el perímetro (50%), aparte de 6/9 desde la línea de personal, una recuperación y ocho faltas recibidas. Su actuación se tradujo en 28 créditos de opinión.
Si bien aquel recital tuvo un antecedente todavía mucho más brutal y que continúa grabado en la historia de la Copa del Rey. Fue en 2019, precisamente ante el Baskonia y asimismo con la camiseta del Joventut.
Entonces tenía 29 años y parecía no tener techo. En los cuartos de final disputados en La capital española salió hasta los 36 puntos, siete asistencias, cuatro rebotes, cuatro recuperaciones y nueve faltas recibidas para alcanzar los 50 créditos de opinión en 34 minutos.
Una barbaridad que transformó aquella actuación en el récord absoluto de opinión en un partido de la fase final de la Copa, todavía vigente. El Joventut venció 89-98 y avanzó a semifinales. \'Lapro\' acabó aquella temporada como MVP de la Liga.
Su carta de tiro aquella noche explica parte de la intensidad de la exhibición: 8/11 en tiros de dos , 4/6 en triples y un perfecto 8/8 desde la línea de personal. Increíble entonces. Y casi mucho más asombroso ahora. Porque lo que hace en este arranque de curso, con 36 años, vuelve a situarle en el primer chato.
El baloncesto entró en su vida , además , casi por al azar. En una familia mucho más enlazada al fútbol, fue una película la que encendió la chispa. Tenía siete años cuando vio Space Jam, quedó fascinado con Michael Jordan y los Looney Tunes y pidió a sus progenitores que le apuntaran a una escuela de baloncesto. El resto es historia.
También lo es su particular relación con la competición. De adolescente ahora apuntaba maneras : talento descomunal , carácter volcánico y una autoexigencia que le llevaba a debatir con los árbitros, gesticular y enojarse consigo en el momento en que las cosas no salían como quería.
Transcurrido un tiempo aprendió a canalizar aquel fuego. El base temperamental se transformó en un jugador cerebral, muy elegante y competitivo, capaz de supervisar un desafío sin precisar levantar la voz.
Quizá por eso en su ambiente familiar se llegó a bromear con otra posible profesión. Su madre, Margarita Stolbizer, es una famosa política argentina y el carácter analítico y dialogante de Nico parecía cuadrar también en el perfil de un diplomático.
Al final cambió los despachos por las canchas. Y no parece haberle ido mal. Eso sí, sobre el parqué ha ejercido a lo largo de años de genuino canciller, dirigiendo equipos, marcando los tiempos y hablando con el balón.


